Ética e Ingeniería del Software

Fuente: http://www.asme.org/

Recientemente, en el blog de Javier Garzás he leído un post donde se propugna algo que llevo repitiendo hasta hartarme desde el primer post: que debemos comportarnos profesionalmente, de forma ética.

No somos charlatanes, patanes de feria que vendemos lo que nos convenga en función del beneficio que nos proporcione. En lugar de eso, damos al cliente lo que necesita en cada momento, maximizando su satisfacción y nuestro beneficio a largo plazo. Porque creemos en que la relación con nuestros clientes se cimenta en una confianza mutua, y ésta sólo puede realizarse a largo plazo.

Esta forma de pensamiento la he visto como eco en algún otro post. Me hace mucha gracia, que Javier afirma: “una metodología no es un equipo de fútbol, ni un partido político, ni una religión”. Sin embargo, leo por doquier en la red continuas llamadas talibanistas a defender la religión del bloguero de turno:

  • Metodologías ágiles
  • Software libre
  • CMMI
  • Integración continua

El pensamiento que defiendo es similar al promulgado por Alistair Cockburn hace ya unos años:

“Estoy cansado de la gente que es de una escuela de pensamiento y que rechaza las ideas de otra escuela de pensamiento. Tengo hambre de gente que no le importe de donde vienen las ideas, que les importe sólo lo que significan y lo que producen. Así que se me ocurrió esto del “juramento de no lealtad”.
Esto significa el fin de afirmaciones como “eso no está bien – no es ágil / orientado a objetos / puro / etc.”, en vez de discutir sobre si la idea (ágil o tradicional o impura o lo que sea) funciona bien en las condiciones del momento.”

Por desgracia, hay gente que incluso afirmando defender estas ideas, confiesa sus prejuicios y reticencias al respecto de ciertas formas de trabajar: “metodologías”, “prácticas”, “marcos de trabajo”…llamadlo como queráis.

Podemos estar convencidos de una cosa, pero no debemos defenderla si no es con argumentos probados, objetivos y no sólo cualitativos sino también cuantitativos. Por desgracia, esta forma de pensar encaja perfectamente en los que yo llamo “indecisos patológicos” o “charlatanes del depende”. Sí, ya los conocéis. Me refiero a los que siempre contestan a todo con un “depende” (hasta aquí todo va bien), pero que cuando se les pide algo más de detalle o chicha en su discurso, podemos tener dos tipos de respuesta:

  • Verborrea coherente pero carente de fondo y forma, que al final no termina de dar ningún tipo de argumento veraz ni mucho menos objetivo hacia un lado u otro. Esta verborrea de político le viene muy bien a algunos individuos, que incluso les facilita la promoción profesional. Pero lástima de los clientes que acaben con ellos, y mucho peor: lástima de los que acaben en un proyecto dirigido por estos pseudo-profesionales.
  • Verborrea que sólo está orientada a alimentar el ego del que escucha. Son los llamados aduladores, los pelotas, que difícilmente terminan hablando del tema, sino que redirigen la conversación a un terreno menos objetivo y relacionado con el proyecto en cuestión.

Al querer escribir yo este post, me he encontrado con otro post bastante interesante. En él, su autor deriva la conversación a la ética informática, y al colegio profesional. Este autor, plantea la existencia de un tribunal de ética. Yo no sé lo que pensaréis pero empiezo a estar harto de tribunales, comisiones, cortes, comités de supervisión, equipos de trabajo, etc, etc. Y estoy harto de apelar siempre a un “ser superior” que nos proteja y defienda.

Es muy fácil: lo único que puede definir el comportamiento ético o no en un proyecto es la documentación. Los criterios objetivos, y la forma en que se basan y defienden, es lo único que puede usarse como valor ético en un proyecto. Pero claro, decir esto cuando la moda es ir en contra de la documentación, ser ágil, y entregar todo de forma rápida (y sin documentación), es poco menos que escupir al viento. Pero no deja de ser cierto. No es posible verificar la ética en un proyecto sin contrastar el contrato, con las decisiones tomadas (y las decisiones, o se documentan…o se pierden). Y es así en todas las profesiones.

Después de todo, en una profesión en la que no hay estándares cerrados, en los que no hay normas internacionales que establezcan la forma correcta de trabajar, todo vale. No podemos a la vez defender que hacer software es un arte, y al mismo tiempo querer crear Colegios, Comisiones éticas que verifiquen el buen hacer…respecto a qué?

En fin…excelentes Alistair Cockburn en su comentario, y Javier Garzás y Jorge Ubeda en sus respectivos posts. Espero que esta pequeña reflexión mía haya podido aportar algo.

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